22.9.06

  • Fin de curso. (Cuento)

    Muy temprano, a las ocho de la mañana, la temperatura rozaba los tres grados. En nuestras manos, un vasito plástico con el chocolate que él pidió en el kiosco del colegio. Menos mal, nos estábamos cagando de frío.
    Cuatro días antes había estallado el calefactor del aula y pocos resistieron la invitación del profesor Eulogio Bellini que pretendió sorprendernos con algo fuera de programa. Era un experto en el arte de impresionar a sus alumnos pero estábamos acostumbrados. El año anterior, un día primaveral, hizo bajar los bancos desde el primer piso para dar una clase al aire libre. Decía que mentes en contacto con la naturaleza recibían mejor las enseñanzas impartidas.
    El chocolate, sin gusto pero caliente, nos reconfortó. Fuimos agradecidos. Un aplauso cerrado festejó la ocurrencia. La semana entrante saldríamos de viaje de egresados y Bellini no tenía ganas de enseñarles a intelectos que vagaban por las calles de Villa La Angostura.

    - ¿Qué les gustaría ser, están interesados en algo?-, pregunta Bellini.
    -Asesor de empresas, siempre me gustó-, dice Patricio con voz firme.
    -Abogado-, responde Boby Reiders con gesto serio y pelo engominado.
    -Arquitecto-, contesta Claudio Iturbe.
    -No sé-, susurro.
    -Monja-, parece rezar Sol con un rosario colgando de su mano izquierda, mirando a Luli que hace un gesto de no entender. Yo no la entiendo a ella.
    -Yo espero mi ángel-, ...es terrible, nunca puedo recordar cómo se llama.
    -¡Rodolfo y Esteban, a la dirección!-, grita Bellini. Qué boludos, son tan amigos y se la pasan peleando por mujeres.

    Había un grupo que no contestó. Eran siete y se reunían en la casa de uno u otro después de clase. Comían lo que preparaban sus madres, sin dejar de jugar al truco. Uno de ellos, culpable de nuestra ida a ese lugar nefasto fue Enrique José Carlos. En una oportunidad consiguió el escudo de la familia, de origen vasco.Tenía un árbol en el centro y dos perros a los costados que parecían estar orinando. Un amigo lo acompañó a buscarlo y nos contó, casi lo mata a trompadas. Enrique José Carlos nos engañó, nos…timó. Dijo que Bariloche era una cagada, que ningún colegio iba, que por culpa del clima no había nieve, que en La Angostura sí, por la cercanía con las grandes cadenas montañosas, que venían turistas extranjeros, que los mejores boliches se instalaban allá…no sé, no entendimos un carajo. Ganó por un voto. Durante el viaje escuché que pensaba mudarse a ese lugar y de paso aprovechaba para conocerlo.

    -¿Y vos, Rocío?-, preguntan esos siete dándose vuelta hacia el fondo del aula donde ella busca el anonimato. Como siempre.
    -Volar-, responde tímida.
    -Aviadora-, corrige el profesor.
    -No, yo quiero volar.
    -Sí, Rocío. Vos querés volar pero es necesario ser aviador. Hacer un curso, tripular una avioneta, tener cierta cantidad de horas de vuelo, después te recibís de piloto de aeronaves, ¿comprendés?-, trata de explicar Bellini.
    -Sí, pero yo quiero volar-, contesta decidida.
    -¡Como un pájaro!-, grita alguien desde el primer banco.
    -Sí-, dice agachando la cabeza ante la risotada general. Menos la mía.
    -Vení. Si sos tan amable, ¿nos explicás cómo sería eso?-, solicita el profe dejando a todos en ridículo. Menos a mí.
    -Primero que se saque la cinta-, quiere ordenar el forro de Fabián Ortuza.
    -Sí, y vos también-, me grita otro. Es Peter Pérez Arreghi. Pete Abuelo le decimos. Tiene como veinticuatro años, nadie le da bola. ¿Cuánto vivirá? Con semejante gordura nunca se sabe.


    La cinta era color lila. Rocío y yo la usábamos en el cuello, como una cadena. Era una promesa que nos hicimos. El día que el deseo de alguna se cumpliera, la otra debería sacarse la cinta y guardarla en un cofrecito de madera que tiene grabado “Deseo cumplido”.

    Le cuesta comenzar. Tiene entre sus dedos un lápiz mareado después de tantas vueltas que le dio. Sus ojos marrones comienzan a brillar, la explicación se hace más detallada. Yo la conozco muy bien…es mi mejor amiga.
    -Quiero volar…sé que puedo. Cuando lo decida, en el momento que me plazca. Sentiría el viento rodeando mi cuerpo, los rayos del sol custodiándome. Llegaría a lugares inexplorados, sin una rutina. Un poco al Norte, quizás hacia el Este. Podría volver. En un año, o dos, no importa. Y cuando esté cansada, sólo necesitaré posarme donde más me guste.
    -¿Y qué pájaro te gustaría ser?-, pregunta Charlie Pinkerton.
    -No lo decidí, creo…
    El timbre quiebra tu inspiración, todos se quedan con las ganas de saber más. Yo no. -Muchas gracias, Rocío. Disfruten el viaje y no hagan macanas-, quiere aconsejar Bellini desconociendo lo inútil de su mensaje.


    Al tercer día hicimos una excursión a treinta y dos kilómetros del centro de La Angostura, uno de esos lugares donde quien tiene un poco de sensibilidad queda deslumbrado. Esos que hicieron el viaje para vivir sin control protestaron al conocer el paseo del día. Aburridos, se dedicaron a tirar cuanto objeto encontraban. Los preferidos eran los pañuelos, hacían un bollo para arrojarlos. Luego de unos metros de bajar en picada se abrían y eran devueltos por el viento furioso hacia el lugar de
    origen. Era un acantilado que se podía apreciar en toda su magnitud gracias a que en la parte superior construyeron un mirador pegado al borde. Daba la sensación de estar flotando en el aire.

    -¿Qué hacés, pelotuda?, te podés caer-, le digo en voz baja a Rocío tratando de no llamar la atención de los demás que siguen con esa forrada de tirar cosas. Se paró al otro lado de la baranda con los brazos extendidos como si fuera la idiota de Titanic.
    -¿No ves?, se parece a volar.
    -Sí, sí…mirá que abajo el agua está helada, te podés resfriar si caés-, le tengo terror a las alturas.
    -Tranqui, no pasa nada. Si yo puedo volar-, asegura, como ese día cuando explicó su vocación.
    -Está bien, pero mejor vení, te quiero preguntar algo. ¿Me podés decir qué carajo tomaste anoche?-, le agarro firme con las dos manos la cabeza, tiene el pelo tan suave.-¿Cambiaste de enjuague?
    -Sí, te lo recomiendo, pero eso no es lo importante, Delfi.
    -¿Qué es lo importante?-, alcanzo a preguntar sin recibir respuesta.

    Un gracioso, en ruinas por culpa de un cóctel prohibido, decidió que era hora de arruinar nuestra charla y expulsar de su cuerpo la bebida. Atrajo nuestra atención y cuando estuvimos preparados para contemplarlo, vomitó hacia la profundidad del acantilado dejando su estómago vacío. Dio media vuelta esperando aplausos que no recibió. Consternado, se apoyó sobre la baranda. Mágicamente un líquido espeso, grisáceo, dejó a Pete Abuelo bañado por su inmundicia.
    Ro estaba en otro mundo. La brisa que la acariciaba, el olor verde, el murmullo del agua cristalina a más de setenta metros de profundidad, la inmensidad que se perdía entre los picos nevados. Tanto placer, tanto bullicio, tanta necesidad de estar sola. Hacer a su antojo.

    Lento, el cielo se fue nublando. La temperatura bajó unos grados, hojas cobrizas danzaron un baile de remolinos mientras el viento, en complicidad con las ramas, nos regalaba una sinfonía. Los encargados de la agencia de turismo sugirieron que por la proximidad de una tormenta debíamos retirarnos. Ante el pedido insistente de todos, sacaron las últimas fotos desde mi cámara. Quisimos ser originales. La primera enfocaba al grupo, de espaldas, frente al acantilado. Nos dimos vuelta, posamos uno al lado del otro para la segunda y última foto.
    Huyendo nos fuimos, descontrolados. Al subir al micro se verificó alguna ausencia. La cuenta llegó hasta veintitrés y no pasó de allí.
    -Déjenme a mí, yo me encargo-, ordena un Patricio engreído.
    Bajamos, subimos, cuenta, bajamos, subimos, cuenta…
    -¡Ro no está¡-, grito angustiada.


    Corrieron al mirador espantados. Yo contemplé desde atrás cómo se abalanzaron por los alrededores en una búsqueda infructuosa. Sus cuerpos se desvanecían en la bruma, apenas dejaba ver a cuatro o cinco metros. Escuchaba tu nombre escapar de gargantas abatidas. Miraba alrededor, sabía que ibas a aparecer como siempre, tímida, y yo altiva, orgullosa, burlándome de todos, sin pensar que alguien podría estar sufriendo por culpa de la reina que tenía a todos a sus pies, bajo el dominio de mi figura casi mármol. No me podías hacer esto…no lo habíamos planeado así.
    Como estaba oscureciendo alguien decidió volver y dar aviso a las autoridades. La nueva búsqueda se inició al día siguiente, bien temprano, con el mismo resultado. Un día más tarde llegaron tus padres en un vuelo de emergencia, nos trasladaron al mirador. Yo les pregunté dónde ibas a descansar, aunque fuera simbólico. No sé, estaban tan raros, me contestaron con evasivas. Que quizás, tal vez algún día me podrían avisar, pero que en ese momento lo mejor era estar tranquilos, que todo podría mejorar, que el tiempo curaría las heridas, que habría remedio, que era duro enfrentar la realidad, que me quedara tranquila, insistían, que iba a estar bien cuidada, que me iban a dar lo más importante del mundo: todo el amor que cabía en sus corazones y más, mucho más, chiquita. Pobres, acababan de perder a su hija, estaban deshechos. A veces es mejor seguir la corriente, total, ya se iban a dar cuenta solitos, pobres viejos.
    Algunos tiraron flores que no volvieron, los más dejaron caer una catarata de lágrimas y pocos, entre enojados y ofendidos, no podíamos dejar de pensar en la imbecilidad de nuestra amiga suicida.
    Pedazo de forra pelotuda, -¡Te lo dije, te vas a resfriar¡

    Hoy, veinte de Septiembre, justo un año después de quedarme sin sueños, estoy sentada en el borde de mi cama recién hecha. Todavía no sé qué hacer. Si estudiar, trabajar. O nada, como ahora. Pensar que tengo el ingreso a Exactas aprobado. El sobre con las fotos sube y baja, va de un lado al otro, lo tiro al aire, lo dejo flotar, me gustaría que se escape por la ventana, para qué las quiero. No puedo parar, parezco malabarista. Tengo miedo, no quiero verte otra vez, ni siquiera en un papel brillante. Lo que no puedo creer es que voy a andar toda mi vida con esta cinta en el cuello. Cuando sea vieja seguramente me va a ahorcar. Nadie va a comprender por qué esa vieja gorda fue tan pelotuda como para no sacarse la cintita lila que terminó por matarla. ¿Y si me tiraba yo y vos terminabas vieja, gorda y ahorcada? Aunque sea me hubieras avisado. No aguanto más, no quiero pero necesito ver las fotos. Menos mal que Fede las guardó. Me dijo que si eran de otra mina las tiraba. Está caliente conmigo. Pobre, cómo lo usé.
    ¡Ah no, esta es genial! Acá tengo mejor culo que vos. Sí, ya sé, pero no tengo la culpa, así me hizo mi mamá, bien dotada. ¿Te acordás?, como vos decías. A ver la de frente, quiero ver si saliste más linda. Porque siempre fuiste más linda. Yo la bien dotada y vos la linda. Tan mal no salí. ¿Dónde estás? No me digas, por ahí, agachada o escondida. ¡No¡ ¿Fué cuándo te tiraste? Si estábamos agarradas de la cintura. ¿Y esa mancha? Una de las mejores fotos y sin vos. Encima está manchada. No distingo bien. ¿Sabés que empecé a usar anteojos?, esperá que me los pongo. Mis viejos quieren que me operen. A mí me gusta así, look intelec…no, no es una mancha, es un pájaro… y tiene una cintita lila…¡Qué hija de puta, no voy a morir ahorcada¡

    Cuento: by Víctor A Ginato.

21.9.06

  • Bibi menguante (Milonga)

    Oscuridad de bordonas
    me garúan finito
    la noche de andar sin vos,
    Bibi menguante.
    Una pálida neblina
    te despinta de mi lado
    y acalla el eco bizarro
    de tu voz de antes
    que enmudece una
    y otra vez su adiós.

    Ahora todo es nada,
    en la ciudad bruja
    que te esconde a cada paso,
    nada tus uñas clavadas
    en mis palabras,
    nada tu vaguedad
    pintada en mis anteojos.
    Ya bebí de un trago
    las agujas de tu boca y ahogué
    la última musa en alcohol.

    Fantasmas de la grappa
    copan la ronda
    con milongas plañideras
    que no te nombran,
    sus violas desafinadas
    apuran estrofas
    por borrarte del espejo
    y volverte sombra.
    Para olvidar, para no saber
    que también serás el olvido.

    Un taconear impiadoso,
    lejano y rojo,
    pisotea este cuore
    cerrado por dolor.
    Hay sordina tuya
    en mi lado más flaco,
    hay fugas de rencor.

    El diablo volvió a reír su frío
    y apagó de un silbido,
    Bibihasta el odio de mi amor.
    Todo es nada, nada en la noche loca
    que suelta sus cuervos bravos
    y no sabe hacerte la cruz.
    Arde el far niente gris
    en la cama reseca,
    quema la sal de la ausencia
    en mi herida, y en el fondo de la copa
    otra vez tu partida se pinta la boca.

    Fantasmas de la grappa
    vuelven a la memoria
    cantando milongas viejas
    que no te nombran,
    con violas desgañitadas
    desafinan estrofas
    por perderte el recuerdo
    en la sombra.

    Para olvidar,
    para no saber
    que también serás olvido.

    Letra: OSVALDO TANGIR.

Tanguango Tantra (Tango)

  • Una noche muy otaria
    te alcé de un vegetariano,
  • vos posabas de bambula,
    yo la iba de vegano.

    Vos me vendiste espejitos
    de tantra yoga y ananga ranga,
    Krisnamurti y maharajis
    y un yogui de morondanga;

    yo me cegué con el brillo
    de aprender en diez lecciones
    los Asanas del amor
    y tu sexo de colores.

    Tu piel tatuada con hena
    prometiste y entregaste;
    como una diosa de farra
    me trajiste y me llevaste

    por el centro y por los bordes
    de tu cuerpo de princesa,
    y yo me fui acostumbrando
    a esa delicadeza

    con aires de flor de loto,
    risa de karma burlón
    y fecha de vencimiento
    como cualquier ilusión.

    Y el día menos pensado,
    mientras iba meditando
    casi al borde del satori
    te fuiste dando un portazo.

    El bulo quedó vacío
    de todo y también de vos:
    te llevaste discos, libros
    velas, portasahumerios

    y hasta la estampita
    de Sai Baba y me dejaste
    el incienso más berreta
    y aquel budita atorrante

    que en un todo por dos pesos
    te dejó un chino de yapa
    para engrupirme debute
    con el verso del nirvana.

    Con el tantra a otra parte
    vos fuiste la que te fuiste
    y en la nada reencarnada
    ya ni siquiera volviste.

    La pena la ahogué en té rojo
    y mis tardes envolví
    en fumarolas de incienso
    hasta olvidarme de mí,

    vos no volviste y quedé
    con el astral hecho añicos,
    el alma vuelta jirones
    y mis chacras por el piso.

    Pero no hay sombra sin luz
    ni pálida sin redención,
    y en el eco de un tanguango
    llegó la iluminación:

    “¡Kundalini, Kundalini!”,
    gritaron desde la esquina
    al verme así los muchachos:
    “¡Araca que hay otras minas!”

    Y ahora que supe escuchar
    la ley del sarrachinaje,
    fulo de andar tan misho
    de mi vida te di el raje;

    de tu yoni me olvidé
    y a mi lingam le di alpiste
    en la jaula de otra lora.
    ¡Mejor que nunca volviste!

    Tanguango del yoga tantra
    que ya se olvidó de vos
    y no te quiere ver más
    ni por la rúa ni en fotos.

    Tango que te dio el olivo
    tanguango de la iluminación
    que no te quiere encontrar
    en ninguna reencarnación.

    Letra: OSVALDO TANGIR