22.11.06

"Sin Judas no hubiera habido cristianismo", dice el filósofo Leloup, experto en los evangelios apócrifos.


PARIS.– Exégetas y universitarios lo consideran uno de los pensadores más originales de nuestra época. El francés Jean-Yves Leloup, filósofo ortodoxo, historiador y psicoterapeuta, ha dedicado los últimos 30 años de su vida a estudiar y escribir sobre los orígenes del cristianismo. “Sin Judas no hubiera habido cristianismo”, dice este profesor universitario que ejerció su profesión en Europa, Estados Unidos y América del Sur. Leloup es políglota, capaz de leer el griego antiguo, el latín y el copto, esa lengua utilizada por los egipcios de los primeros siglos de nuestra era. Ha publicado más de 30 libros y es uno de los grandes especialistas de los llamados evangelios apócrifos. Esos textos, que integran los Manuscritos del Mar Muerto, fueron hallados en 1947, ocultos en vasijas selladas y enterradas en el siglo IV en unas grutas de la localidad egipcia de Nag Hammadi. Según Leloup, la sexualidad es una dimensión olvidada del cristianismo, una religión que en sus orígenes habría considerado la posibilidad de que la imagen de Dios fuera la de la relación entre el hombre y la mujer, explica. De regreso de China y antes de viajar a Brasil, donde se desempeña actualmente como profesor invitado de la Universidad de San Pablo, Jean-Yves Leloup recibió a LA NACION en París.

-¿A qué se llama exactamente evangelios apócrifos?
-La palabra apo etimológicamente quiere decir "debajo", debajo de las Escrituras. Los evangelios apócrifos fueron considerados sagrados y también secretos (ambas palabras tienen el mismo origen), y nos revelan aspectos olvidados u ocultados del cristianismo.

-¿Por qué ocultados o rechazados? ¿Y por quién?
-Son el inconsciente, lo reprimido del cristianismo: la mujer, la sexualidad, María Magdalena, Judas... También son considerados por muchos una herejía, no conformes a la doctrina oficial de la Iglesia. Yo diría más bien que son considerados inútiles para la institución.

-¿Cómo se sitúan esos textos desde un punto de vista cronológico respecto de los cuatro evangelios canónicos o sinópticos, oficializados por la Iglesia desde el siglo II?
-El Evangelio de Tomás -que yo traduje del copto- es anterior a todos. Es una compilación de palabras de Jesús. Es considerado por la mayoría de los exégetas una especie de protoevangelio, que aún no había sido puesto en escena en una historia. El Evangelio de María (de Myriam de Magdala o María Magdalena) es del siglo II. Es verdad que hay otros evangelios posteriores, hasta del siglo IV. -Se dice que los evangelios apócrifos responden a una corriente llamada gnosticismo, contrariamente a los cuatro canónicos -En realidad no es así. Hay diferentes formas de gnosis. En griego, gnôsis quiere decir "conocimiento". Los evangelios canónicos están atravesados por esas diferentes corrientes, pero acuerdan una preferencia a las dimensiones históricas, a la historia de Cristo. Sin embargo, las parábolas son gnósticas: invitan a un itinerario del alma. Es por ello que yo no opongo evangelios canónicos y apócrifos. Tampoco opongo consciente e inconsciente. Si el cristianismo quiere ser adulto debe asumir su dimensión histórica, pero también su dimensión inconsciente. Todo eso que fue reprimido, olvidado, y que sigue trabajando. El éxito actual del Evangelio de Judas o de El Código Da Vinci , de Dan Brown, muestra que existe esa parte reprimida del cristianismo, que necesita expresarse, en forma aberrante, a veces, pero que hay que tener en cuenta. La historia objetiva no existe, se trata siempre de una interpretación. En realidad, es imposible saber... -Porque Jesús nunca escribió nada -Así es. Todos esos textos canónicos o apócrifos son interpretaciones de algo que contaron aquellos que conocieron a Jesús. Son sólo percepciones, puntos de vista de la realidad.

-¿Podríamos decir que esas interpretaciones revelan el contexto cultural en el cual fueron escritas?
-Esa es una cuestión interesante, porque el cristianismo es el encuentro de diferentes corrientes: de la corriente semita, de tradición judía, pero también de la corriente griega -porque esos textos fueron traducidos al griego- y de la corriente egipcia, porque los textos que redescubrimos en Nag Hammadi son en copto. Es decir que no sólo está la oposición Atenas-Jerusalén, el mundo griego y el mundo semita: también hay una suerte de mundo intermedio entre los dos, que es el egipcio.

-¿Quién era Judas?
-Hay varios Judas. Está el Judas representado en el Evangelio de Judas. Allí tiene una función importante, porque ayuda, en cierta manera, a Jesús a deshacerse de su cuerpo mortal. -En ese texto se lo presenta como un iniciado, escogido por Jesús para ayudarlo a cumplir su misión. Judas, en vez de ser un traidor, tiene una función positiva. -Ese texto responde a una antropología dualista en la cual el mundo de la materia, del cuerpo, es considerado negativo. Es por ello que ese evangelio, a pesar de toda la publicidad que se ha hecho en torno de él, no es muy interesante. -Pero ése no es el Judas de los evangelios canónicos. -Atención: en los evangelios canónicos, particularmente en el de San Juan, Judas también tiene un papel muy importante. La palabra "traidor" quiere también decir "el que transmite". Es el que revela a Cristo Yo diría que sin Judas no habría cristianismo. Gracias a Judas, Jesús revela el amor infinito que lo habita. En el Evangelio de San Juan, Jesús utiliza palabras muy importantes con Judas: etairé , "mi amigo", un título que no da a ninguno de los otros discípulos. -"Lo que tienes que hacer, hazlo rápido", le dice Jesús en la última cena. -Es decir que Judas tiene una misión que cumplir. A través de lo que es considerado una traición podrá revelarse la naturaleza divina de Jesús. Pero además, a través de Judas toda la función del mal nos es revelada. Lo importante es que el mal también participa de la revelación del bien, el mal tiene una función. Allí, Judas es el arquetipo de la sombra, que es necesario integrar. Yo considero a Judas un arquetipo, como también lo es María Magdalena. En ese sentido, Judas es particularmente interesante, pues nos está preguntando qué hacer con nuestra parte de tinieblas. Desde un punto de vista psicológico, antes de ser un traidor, Judas fue un hombre traicionado.

-¿Por qué?
-Judas pertenecía a la secta de los zelotes, que quería hacer de Jesús un mesías histórico, alguien que iba a tomar el poder y echar al ocupante romano. Pero a medida que pasó el tiempo esas expectativas se vieron frustradas: Jesús no tomó el poder, tampoco se reveló como un mesías glorioso y todopoderoso, sino como un mesías diferente. Judas se sintió decepcionado. Y todo hombre decepcionado es un hombre peligroso. Su expectativa era infinita y fue decepcionado infinitamente. Un hombre traicionado se convierte en traidor. Esa sería una primera lectura, perfectamente plausible.

-¿Y desde un punto de vista teológico?
-Esa es la interpretación más interesante. Diría que era necesario que las Escrituras se cumplieran. Esas escrituras no son sólo las Escrituras sagradas, sino también el código genético. Es decir, ¿por qué existe el mal en nosotros? La parte de sombra debe cumplirse y la sombra es parte de la revelación de la luz. Eso es lo que revela el mito de Judas. En cierto modo, en la historia del cristianismo hemos reprimido esa dimensión de las tinieblas. Un camino hacia la luz que ignora la sombra corre el riesgo de transformarse en un camino ilusorio.

-¿Pero no cree usted que las iglesias cristianas tienen constantemente presente la dimensión del mal y de las tinieblas?
-Sí, pero los han colocado fuera del hombre, como si fueran algo malo y demoníaco, en vez de uno de sus elementos constitutivos. En vez de trabajar sobre nuestros demonios interiores se los puso en el exterior. También se ha puesto a Dios en el exterior. Ese es el desafío del cristianismo contemporáneo. El hombre-Dios, la integración de lo humano y lo divino que proyectamos en el Cristo exterior deberíamos encontrarla en nuestro Cristo interior. Lo mismo sucede con el demonio que proyectamos hacia afuera, como amenaza exterior, cuando en realidad está en nosotros. Mientras no hallemos esos demonios en nosotros mismos los proyectaremos en los demás. La identificación de Judas como el judío perverso, traidor, sirvió a la peor parte del cristianismo: justificó pogromos e inquisiciones. Todo un pueblo terminó siendo estigmatizado. -Esa dimensión arquetípica de los personajes bíblicos es inusual. Para la mayoría, Judas fue sólo un hombre de carne y hueso... -Sin embargo, los personajes bíblicos no son sólo históricos: también son imágenes interiores y universales del hombre. Judas es un personaje histórico, pero también es el arquetipo del traidor y del hombre decepcionado. También existe en Judas otro aspecto del arquetipo: el del suicida.

-¿Quién escribió el Evangelio de Judas?
-Fue redactado por miembros de una secta llamada los "barbeló-gnósticos", que decían descender de Caín. Para ellos, el mundo de la materia, el mundo en el cual vivimos, no está hecho por nuestro Dios: es la obra de un malvado demiurgo, porque la creación es funesta. No es posible que exista un Dios que permita las catástrofes, el sufrimiento, la maldad, lo absurdo. Para ellos existía otro Dios: el Halógeno. Judas era su hijo. En esa visión, nuestro mundo de la materia, del cuerpo, de la sexualidad, es un mundo malvado, malo. Hay que deshacerse de él lo más rápidamente posible. En esa visión cainita, Judas era un iniciado y colaboró con Jesús para hacer comprender que morir, dejar el cuerpo, la destrucción del mundo -ya sea por un tsunami o por una bomba atómica- eran cosas que estaban muy bien. El único mundo que contaba era el mundo de la luz, el mundo de las ideas, de las imágenes. En esa búsqueda de deshacerse de la materia, los "barbeló-gnósticos" trataban de agotar el cuerpo por todos los medios: ya sea con una sexualidad desenfrenada, sin fecundidad, o bien mediante un ascetismo absoluto, que también llevaba a rechazar la fecundidad. El objetivo era terminar con el mundo material. -El Evangelio de Felipe afirma que María Magdalena era la compañera de Jesús y que era la más importante entre sus discípulos. ¿Qué se quiere decir con esto? -Revela todo el sitio reservado a lo femenino, que ha sido negado a través de los siglos. Ver una mujer junto a Jesús es importante.

-¿María Magdalena era una prostituta?
-En ningún evangelio se habla de ella como de una prostituta. Esa es una invención del siglo XIX y de los siglos precedentes. En los textos es considerada pecadora, una mujer fuera de la ley.

-¿Por qué los doctores de la ley la consideraban pecadora?
-Porque estudiaba. Estudiaba la Torá en una época en la cual las mujeres no tenían derecho al estudio. Myriam de Magdala es realmente la encarnación de la gnosis femenina, de la sabiduría. Como Judas, Myriam es el arquetipo de lo femenino en todas sus dimensiones. Es a la vez la mujer más carnal y la más espiritual. Y ésa es una revelación importante: el acceso a la mística, a la vida espiritual, no impide la sexualidad. Es todo el sentido de la encarnación. La sexualidad es algo puro y, sobre todo, un sitio de conocimiento. En el sentido bíblico, cuando se habla de "conocimiento", cuando se dice que Adán "conoció" a Eva, uno se refiere, justamente, al acto carnal. Hoy es muy difícil hablar de ello porque no se sabe lo que es la sexualidad transfigurada: se confunde sexualidad con genitalidad. Cuando se dice que Jesús tenía una relación íntima con María Magdalena se interpreta una relación de tipo genital, mientras que, en ese texto, no era sólo carnal, sino afectiva, emocional y, sobre todo, una relación espiritual. El Evangelio de Felipe revela que un aspecto olvidado de la dimensión del cristianismo es la sexualidad, que ha sido apartada, demonizada. Revela que la sexualidad también puede ser un sitio de sabiduría y de contemplación, que la intimidad del hombre y de la mujer es un sitio de revelación. Esto es judío. En el libro del Génesis se dice: "Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza; los creó hombre y mujer". Es decir que la imagen de Dios no es sólo el hombre, no es sólo la mujer: es la relación entre ambos.

Por Luisa Corradini para La Nación

15.11.06

  • Nuestra estación. (Cuento)



    _ Si no podés con esto no me involucres! Me voy, dije: ya viene el subte y no tiene sentido seguir discutiendo. Arreglá tus problemas y después me llamás, yo también tengo sentimientos!”

    El vagón del tren se detuvo con un chillido agudo. Eran las 19:35. La gente se bamboleaba de un lado a otro con la brusca frenada pero eran como autómatas. En la ciudad nadie observa, nadie mira, nadie ve. En la ciudad la gente sólo se mueve como robots, cuando en realidad todos están preocupados por obtener lo mismo: amor y aceptación. No pude mirarla a la cara, sus lágrimas repletas de dolor y frustración no me hubieran dejado ir. Con su rostro me gritaba “no te vayas, intentémoslo... por favor ayudame a salir de este “parate” en que estoy en mi vida”. Aferré las tiras de mi mochila y le di la espalda. Ni siquiera levanté la mirada para volver a verla o decirle una vez más adiós con un gesto de mi mano antes de sentarme en los asientos de tapizado rojo. No soportaba verla. La odiaba y la amaba. Porque la amaba la odiaba. No entendía que se encerrara en su frustración de no encontrarle sentido a la vida y abandonar la pelea. Pasé mucho tiempo pidiéndole que me dejara ayudarla, que para eso estaba, y que la amaba con toda mi alma. Que solo una palabra de ella era suficiente.
    Vanesa quería bailar. Había nacido con los pies delicados como alas y yo adoraba cuando al cruzar las piernas su pie derecho caía como dislocado al piso y su gracia al caminar; o el movimiento siempre etéreo de sus brazos. Pero estaba estancada. Imposibilitada de seguir, de avanzar, de crecer. Había abandonado todas sus clases y cursos. Le faltaba valor para ser feliz.

    El día que la conocí, fue justamente aquí, en esta estación de subte: Pueyrredon de la línea D. Eran las seis y media de la tarde. Lo que los americanos llaman rush hour. Yo lo suelo llamar el transporte de ganado humano donde todos pujan por ganar un lugar en el vagón. Era viernes y la gente tenía una sonrisa incipiente en los labios. ¡sí! el fin de semana nos pone de mejor humor... la familia, levantarse tarde el sábado, salir a conocer chicas a la noche y el domingo... la cancha... el clásico y los mates con la vieja. Vanesa subió al vagón y su cuerpo quedó pegado junto al mío: ambos enfrentados y aplastados, con una intimidad forzada que no esperábamos, pero a la que nos acostumbramos a fuerza de mirar para otro lado y pensar en cualquier cosa. Con ella fue distinto. No podíamos dejar de mirarnos. Ella tímidamente, y yo un poco incómodo por ella. Nos ganó la risa para superar esa situación tan incómoda. No podíamos separarnos. Cuanto más intentábamos hacerlo, mas la turba nos empujaba uno contra otro. Y reímos todo el viaje. Algo se había creado. Una magia, una conexión, un puente entre ella y yo que hoy volvía a romperse. En el mismo lugar donde el destino nos había unido.
    Los recuerdos dulces de ese encuentro se mezclaban en mi mente y en mi boca con el sabor amargo de la reciente despedida. El tren arrancó y me sentí morir un poco. Por suerte era yo el que avanzaba. No hubiera soportado verla partir. La gente una vez más ignoraba mis pesares, mi creciente angustia. Y traté de pensar en otra cosa. Empecé a contar los pares de zapatos que había en el vagón, después los de zapatillas. “¡Imposible olvidarte bajo este cúmulo de necedades aritméticas mi amor!” El tren corría entre las paredes que oficiaban de bóveda de mi amor muerto. Llegué a la próxima estación con los ojos llenos de lágrimas. Subía y bajaba la gente una vez más y el piso, los pasamanos de metal y los asientos vacíos comenzaron a girar. Creo que mi cuerpo decidió por mí y comenzó a dormirse con el calor y el nuevo traquetear de la máquina. Plaza Italia... Palermo .... cuando volví a abrir los ojos ya casi llegaba a mi parada... Olleros.. Me levanté como pude pues mi alma se había quedado en Pueyrredon. Frenos, chillidos agudos.. y se abrieron las puertas. Bajé un poco dormido, entre la gente que me empujaba.

    Cuando el tren partió la vi.

    Allí sentada en el mismo banco verde donde la dejé llorando, estaba Vanesa. Por un momento creí que estaba soñando. Parpadee varias veces y miré la hora: 19:50 “pero...”
    Me acerqué a ella. Levantó su mirada y me dijo: “Esteban, no te vayas por favor, tenés que ayudarme, hay cosas que no son fáciles para mí y tal vez si pudieras tenerme paciencia con el tiempo las resuelva. Por favor, mi amor, no me dejes...” La miré aturdido e hice sonar los pulgares de ambas manos como hacía habitualmente cuando estaba nervioso. “Vane, ya te dije, no puedo más con esto, estoy cansado, yo también tengo sentimientos” Me pedía que no fuera egoísta, me hablaba de nosotros y de nuestros proyectos, de la casa, de lo que había dado y resignado. No podía escucharla. Llegaba el tren que tenía que tomarme. La decisión estaba tomada. “Se acabo Vanesa, me voy”
    Subí al nuevo tren, nueva gente, nueva hora: 19:56 ¿nuevo yo? ¿nueva separación? ¿qué es esto? Como si fuera un sueño ahora el asiento estaba tapizado de azul. Y aturdido me di vuelta y cerré los ojos. Pedí ayuda en silencio a Dios si es que hay uno. ¿Cómo pudo suceder? dos veces decir adiós! ¡Me estoy volviendo loco! taran taran... taran taran... El ir y venir del vagón me acunó como a un bebé y nuevamente, sin siquiera buscarlo, me dormí abrazado a mi mochila. Solo despertaba vagamente cuando la nueva parada era anunciada por un chiquillo de ocho o nueve años que sentado frente a mí con su mamá jugaba a ser guarda del tren.
    Plaza Italia... Palermo... Como en sueños recordaba cuando nos besamos, y luego cuando nos bajamos tren y reíamos juntos la primera vez. Aquel día creí que el destino había puesto su casa en el mismo camino que la mía. La invité un café y pusimos el corazón en esa charla que duro mas de cuatro horas.

    El destino... cómo saber que es eso o dónde esta. Quien lo conduce. Cómo saber si ese algo o alguien dirige nuestros hilos como marionetas de feria. Hasta hoy creí que yo todo lo podía, lo mío y lo de ella. Ahora dudo de todo.

    Soñaba o recordaba, ya no lo sé: Caminaba de la mano con ella en el parque, y la besaba y le decía que la amaba como nunca nadie la amaría... Taran taran... taran taran... taran taran... Próxima estación Olleros! gritó el chico. Y abrí mis ojos ya doloridos de tanto ver y no querer ver. Me colgué la mochila a la espalda y salí furioso cuando las puertas corredizas me liberaron. Furia de no poder ni saber cómo hacer para salvar este amor que tanto me importaba.

    Frente a mí, sentada como un niño abandonado a la espera de alguien que quiera cuidarlo, estaba Vanesa, mi dulce amor, en la estación Pueyrredon, esperándome. Allí comprendí todo.

    Me acerqué despacio para no asustarla. La hora: 20:13 “Amor, vamos a casa” le dije. “Vamos” me dijo, y con un suave beso sellamos en silencio el pacto: volveríamos a intentarlo.

  • By Silvina de Aduriz