- En otros lados. (Cuento)
Sr Director General:
Como usted sabe, siempre trabajé ayudando gente. A muchos curé sin cobrarles, algunos todavía respiran gracias a mí. No quiero justificarme, pero a veces hacemos lo que debemos, o lo que nos obligan hacer.
Ese hospital, el suyo, Sr Director (porque parece suyo), era una gran familia. Después de usted estábamos nosotros, los médicos. Abajo, hundidos en su existencia, los encargados de la limpieza, pobres tipos que ganaban un sueldo miserable, casi como los nuestros. Tantas veces nos pedían ayuda. La mayoría colaboraba pero hay colegas que se la creen. Por saber o por derecho.
¿Se acuerda de Pedro? Trabajó siete años en el mismo piso donde teníamos los consultorios de guardia. ¡Qué habilidad tenía! Meta lampazo y lavandina, de una punta a la otra del pasillo. Sobre los azulejos opacos, sobre los sillones de caños oxidados, sobre los matafuegos con carga vencida, sobre los vidrios ausentes de ventanas desvencijadas, sobre las pantallas de chapa que colgaban de techos descascarados, sobre las camillas sin ruedas, sobre esos cuadros monstruosos que miraban la miseria diaria, sobre los pacientes resignados a los que no les importaba una mancha más.
Me relacioné mucho con Pedro. Se quedaba dos o tres horas cebando mate (después de su horario de trabajo, por supuesto) mientras comía bizcochos de la panadería de la vuelta. ¿Usted los probó alguna vez?, son una delicia. Yo le daba unos pesos y él iba siempre, sin chistar, así se ahorraba la comida de la noche. Me contaba de su vida, de sus ocho hijos, de la casita prefabricada que alquilaba, del agua que juntaba en tachos y que tiraba por la ventana cuando llovía, del brasero en un pozo de treinta centímetros, de los trapos que tapaban las ventanas, de los colchones sobre cajones de fruta, de la poca ropa guardada en los cajones de fruta, de los cajones de fruta que hacían de sillas alrededor de una mesa de cajones de fruta, del piso de tierra, de las calles de tierra, del barro de las calles de tierra, del frío que no calmaba el brasero, de las privaciones de la miseria del hambre del viaje de dos horas en colectivo que hacía para llegar al hospital de su cansancio de su falta de todo de sus ganas de nada. Tres veces me invitó a comer asado pero nunca fui, siempre estaba de guardia. Además, ¿qué asado podía cocinar Pedro?
Pobre, una vez lo dejamos internado en el hospital tres días por culpa de la paliza que le dieron unos pendejitos por no tener plata ni fuerzas para defenderse.
En ese hospital, el suyo, Sr Director, los médicos éramos los últimos en cobrar. ¿Todavía es así? Que no hay partida que los fondos no llegan que tuvieron que comprar insumos que si no pagan la luz la cortan que el gas que el teléfono que la puta que los parió y no sé cuántas excusas más. ¿Eran suyas o las sacó del manual que le dieron junto con el cargo? Un mes, dos, tres sin cobrar. Hacían fila interminable, nunca faltaban. Estaban ahí, siempre listos para jodernos, como los pacientes.
Por eso teníamos que conseguir un peso extra en otros lados. Guardias de veinticuatro horas en salitas de barrio, guardias de veinticuatro horas en otros hospitales que tampoco pagaban, guardias de veinticuatro horas en ambulancias que nos dejaban la cintura a la miseria. Menos mal que teníamos las muestras gratis de medicamentos que nos dejaban ésos, los que ganan fortunas a costillas nuestras, como usted. Un peso extra para un tipo que se rompió el culo estudiando diez años, para qué, para ser un especialista dedicado a su profesión las veinticuatro horas del día, de guardia en guardia por un sueldo que lastima
Pero todo tiene un límite, Sr Director. Y aunque muchos no lo sepan, otros sí. Saben de nuestras necesidades, y de nuestros gustos, y de nuestras urgencias, y de nuestros bolsillos vacíos: de sueños, de esperanzas, de efectivo. Efectivo, ¿le suena? Cash money vento mosca morlacos, como más le guste. Tantas veces me lo propusieron: “Doctor, tenemos mucha gente en lista de espera” Yo, orgulloso, enarbolaba mis principios: “...un profesional no se vende...el código de ética dice...yo juré con la mano izquierda sobre la Biblia...”, aunque las recetas las escribía con la derecha.
De a poco fui dejando los otros lados, no quería que se dieran cuenta de que ya no tenía los bolsillos vacíos. A los curiosos les contestaba que el hospital estaba hecho una joyita, que usted, Sr Director, nos había dado aumento, que estábamos en relación de dependencia, que el ministerio modificó el escalafón, que las partidas llegaban puntuales, que por fin la clase dirigente había hecho justicia con los médicos.
Cuando pasó lo de Pedro, los hijos vinieron a preguntarme con las zapatillas llenas de barro cómo pudo ser, si estaba rodeado de médicos, cómo los había dejado así, tan...de repente. Les contesté con evasivas, hasta que no pude más y tuve que inculparlo a usted, Sr Director. Pero quédese tranquilo, también les dije que no podían tocarlo hasta tanto no recibieran mi aviso. Los chicos me hacen caso, soy como un padre para ellos. Todos los meses les mando unos pesos para recordarles que dependen de mi generosidad. Por eso no se le ocurra denunciarme, los chicos pueden lastimarlo. Además, voy a estar bien lejos como para que me encuentren. Me fui a disfrutar la vida, mi vida recuperada. Y nadie me va a joder, ya bastante tengo con mi conciencia.
Pedro...qué tipo especial. Tanto, que me sacó del pozo inmundo en el que vivía. Cuando me preguntó para qué le daba esa inyección y estaba por contestarle dejó de respirar. Después de él siguieron...no sé, ya perdí la cuenta. Ni siquiera me acuerdo de sus nombres, pero cebaban unos mates bárbaros, como Pedro.
Lo saluda afectuosamente
Un servidor.
By: Víctor A Ginato


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