- Nuestra estación. (Cuento)
_ Si no podés con esto no me involucres! Me voy, dije: ya viene el subte y no tiene sentido seguir discutiendo. Arreglá tus problemas y después me llamás, yo también tengo sentimientos!”
El vagón del tren se detuvo con un chillido agudo. Eran las 19:35. La gente se bamboleaba de un lado a otro con la brusca frenada pero eran como autómatas. En la ciudad nadie observa, nadie mira, nadie ve. En la ciudad la gente sólo se mueve como robots, cuando en realidad todos están preocupados por obtener lo mismo: amor y aceptación. No pude mirarla a la cara, sus lágrimas repletas de dolor y frustración no me hubieran dejado ir. Con su rostro me gritaba “no te vayas, intentémoslo... por favor ayudame a salir de este “parate” en que estoy en mi vida”. Aferré las tiras de mi mochila y le di la espalda. Ni siquiera levanté la mirada para volver a verla o decirle una vez más adiós con un gesto de mi mano antes de sentarme en los asientos de tapizado rojo. No soportaba verla. La odiaba y la amaba. Porque la amaba la odiaba. No entendía que se encerrara en su frustración de no encontrarle sentido a la vida y abandonar la pelea. Pasé mucho tiempo pidiéndole que me dejara ayudarla, que para eso estaba, y que la amaba con toda mi alma. Que solo una palabra de ella era suficiente.
Vanesa quería bailar. Había nacido con los pies delicados como alas y yo adoraba cuando al cruzar las piernas su pie derecho caía como dislocado al piso y su gracia al caminar; o el movimiento siempre etéreo de sus brazos. Pero estaba estancada. Imposibilitada de seguir, de avanzar, de crecer. Había abandonado todas sus clases y cursos. Le faltaba valor para ser feliz.
El día que la conocí, fue justamente aquí, en esta estación de subte: Pueyrredon de la línea D. Eran las seis y media de la tarde. Lo que los americanos llaman rush hour. Yo lo suelo llamar el transporte de ganado humano donde todos pujan por ganar un lugar en el vagón. Era viernes y la gente tenía una sonrisa incipiente en los labios. ¡sí! el fin de semana nos pone de mejor humor... la familia, levantarse tarde el sábado, salir a conocer chicas a la noche y el domingo... la cancha... el clásico y los mates con la vieja. Vanesa subió al vagón y su cuerpo quedó pegado junto al mío: ambos enfrentados y aplastados, con una intimidad forzada que no esperábamos, pero a la que nos acostumbramos a fuerza de mirar para otro lado y pensar en cualquier cosa. Con ella fue distinto. No podíamos dejar de mirarnos. Ella tímidamente, y yo un poco incómodo por ella. Nos ganó la risa para superar esa situación tan incómoda. No podíamos separarnos. Cuanto más intentábamos hacerlo, mas la turba nos empujaba uno contra otro. Y reímos todo el viaje. Algo se había creado. Una magia, una conexión, un puente entre ella y yo que hoy volvía a romperse. En el mismo lugar donde el destino nos había unido.
Los recuerdos dulces de ese encuentro se mezclaban en mi mente y en mi boca con el sabor amargo de la reciente despedida. El tren arrancó y me sentí morir un poco. Por suerte era yo el que avanzaba. No hubiera soportado verla partir. La gente una vez más ignoraba mis pesares, mi creciente angustia. Y traté de pensar en otra cosa. Empecé a contar los pares de zapatos que había en el vagón, después los de zapatillas. “¡Imposible olvidarte bajo este cúmulo de necedades aritméticas mi amor!” El tren corría entre las paredes que oficiaban de bóveda de mi amor muerto. Llegué a la próxima estación con los ojos llenos de lágrimas. Subía y bajaba la gente una vez más y el piso, los pasamanos de metal y los asientos vacíos comenzaron a girar. Creo que mi cuerpo decidió por mí y comenzó a dormirse con el calor y el nuevo traquetear de la máquina. Plaza Italia... Palermo .... cuando volví a abrir los ojos ya casi llegaba a mi parada... Olleros.. Me levanté como pude pues mi alma se había quedado en Pueyrredon. Frenos, chillidos agudos.. y se abrieron las puertas. Bajé un poco dormido, entre la gente que me empujaba.
Cuando el tren partió la vi.
Allí sentada en el mismo banco verde donde la dejé llorando, estaba Vanesa. Por un momento creí que estaba soñando. Parpadee varias veces y miré la hora: 19:50 “pero...”
Me acerqué a ella. Levantó su mirada y me dijo: “Esteban, no te vayas por favor, tenés que ayudarme, hay cosas que no son fáciles para mí y tal vez si pudieras tenerme paciencia con el tiempo las resuelva. Por favor, mi amor, no me dejes...” La miré aturdido e hice sonar los pulgares de ambas manos como hacía habitualmente cuando estaba nervioso. “Vane, ya te dije, no puedo más con esto, estoy cansado, yo también tengo sentimientos” Me pedía que no fuera egoísta, me hablaba de nosotros y de nuestros proyectos, de la casa, de lo que había dado y resignado. No podía escucharla. Llegaba el tren que tenía que tomarme. La decisión estaba tomada. “Se acabo Vanesa, me voy”
Subí al nuevo tren, nueva gente, nueva hora: 19:56 ¿nuevo yo? ¿nueva separación? ¿qué es esto? Como si fuera un sueño ahora el asiento estaba tapizado de azul. Y aturdido me di vuelta y cerré los ojos. Pedí ayuda en silencio a Dios si es que hay uno. ¿Cómo pudo suceder? dos veces decir adiós! ¡Me estoy volviendo loco! taran taran... taran taran... El ir y venir del vagón me acunó como a un bebé y nuevamente, sin siquiera buscarlo, me dormí abrazado a mi mochila. Solo despertaba vagamente cuando la nueva parada era anunciada por un chiquillo de ocho o nueve años que sentado frente a mí con su mamá jugaba a ser guarda del tren.
Plaza Italia... Palermo... Como en sueños recordaba cuando nos besamos, y luego cuando nos bajamos tren y reíamos juntos la primera vez. Aquel día creí que el destino había puesto su casa en el mismo camino que la mía. La invité un café y pusimos el corazón en esa charla que duro mas de cuatro horas.
El destino... cómo saber que es eso o dónde esta. Quien lo conduce. Cómo saber si ese algo o alguien dirige nuestros hilos como marionetas de feria. Hasta hoy creí que yo todo lo podía, lo mío y lo de ella. Ahora dudo de todo.
Soñaba o recordaba, ya no lo sé: Caminaba de la mano con ella en el parque, y la besaba y le decía que la amaba como nunca nadie la amaría... Taran taran... taran taran... taran taran... Próxima estación Olleros! gritó el chico. Y abrí mis ojos ya doloridos de tanto ver y no querer ver. Me colgué la mochila a la espalda y salí furioso cuando las puertas corredizas me liberaron. Furia de no poder ni saber cómo hacer para salvar este amor que tanto me importaba.
Frente a mí, sentada como un niño abandonado a la espera de alguien que quiera cuidarlo, estaba Vanesa, mi dulce amor, en la estación Pueyrredon, esperándome. Allí comprendí todo.
Me acerqué despacio para no asustarla. La hora: 20:13 “Amor, vamos a casa” le dije. “Vamos” me dijo, y con un suave beso sellamos en silencio el pacto: volveríamos a intentarlo.
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